sábado, 18 de octubre de 2008

Va por tí, Valentón

El calvario de 60.000 toros.
"¿Y a todos los españoles os gustan estas movidas?" me pregunta Richard, mientras señala con un rictus entre la sorpresa y el asco una noticia que habla del 'calvario taurino de las fiestas de pueblo españolas'.
Tomaba el otro día un café en los parisinos Campos Elíseos, cuando salió a colación la noticia recogida en `Liberation´ (martes 16 septiembre, 2008, pp. 13), donde se narra el bárbaro espectáculo del Toro de la Vega de Tordesillas.
Explicar a un europeo que matamos animales a lanzazos, con fuego y soga, a espada o a tiros, si así se tercia, y sin más motivo que divertirse y dar rienda suelta a la crueldad contenida, es tan difícil como penoso.
Señalé a este buen amigo fotógrafo que más de la mitad de nosotros, los españoles, denunciamos esta muestra de repudiable catarsis colectiva, pero que por desgracia, la ignorancia y crueldad de muchos, les hace estar orgullosos de ella.
También le conté la falta de coraje de nuestros gobernantes, cobardes, para meterle mano al asunto durante toda la democracia, prohibiendo la cruel masacre por temor a perder el favor de los ciudadanos.
Cuando te leen historias como la que contaba el otro día la magnífica cabecera que el grupo de El Mundo mantiene en Francia, se te cae la cara de vergüenza. Saber que 60.000 toros son vil y sádicamente asesinados en 600 fiestas, que en la mayor parte de las ocasiones, por no decir todas, son subvencionadas por los ayuntamientos, es dramático.
Un cálculo a vuelapluma eleva a más de 5 millones de euros los que se gastan las corporaciones en estos festejos, más bien habría que decir ajusticiamientos, taurinos. Dinero que, dicho sea de paso, sale de los bolsillos de quienes se oponen a estas salvajadas. (¿Para cuándo la insumisión para con estos impuestos?)
Cuando ves el patibulario valor mostrado hace unos días con el pobre 'Valentón', el toro asesinado por "la tradición más vil y bárbara de todo el país" ('sic'), se te revuelven las tripas.
Dicen que el vecino que lo mató está muy orgulloso y que en Tordesillas será para siempre un héroe. Me reservo mi opinión sobre tipos así de machos, sobre culturas tan bárbaras.
Protegidos por una tradición mal entendida, se permiten estos sádicos y cobardes espectáculos que nos llevan al tiempo de los cromañones. Y sentir que cuando estás lejos de tu casa te miran como si fueras un cromañón, te resulta casi tan desagradable como cuando piensas en esa inagotable carnicería que todos los veranos tiñe de púrpura las plazas de España.
Alfredo Merino ************************************************************************************
Hoy, día 16 de septiembre de 2008, en la localidad de Tordesillas, Valladolid, una manada de hombres, mujeres y niños, de gran valor, se han dedicado a perseguir, acorralar, alancear, humillar y ASESINAR a un animal que no había elegido nacer toro, que no había elegido vivir en una dehesa "a cuerpo de rey", que no había elegido participar en una "fiesta de tradición innegable" en este país que hoy mira con vergüenza hacia su propio ombligo, donde esta localidad histórica se halla situada.
Hoy, multitud de bárbaros, analfabetos, bestias, criminales, han pasado su mañana de martes dedicada a matar a un animal con el único fin de divertirse los once minutos que ha sobrevivido el toro. ¿Qué crimen había cometido Valentón?, ¿con quién se había metido Valentón?, ¿dónde está la nobleza?, ¿la tradición?, ¿el valor y la hombría?.
Hoy es un día triste, porque en el Siglo XXI en el que vivimos, aún nos divertimos maltratando seres que en ningún momento se habían apuntado a ninguna lista, que no pudieron elegir su destino, que no pudieron elegir su final. Me avergüenzo de mi país, me avergüenzo del ser humano que goza con la sangre y el sufrimiento. Malditos seáis todos aquellos que siquiera habéis sonreído al ver caer un animal muerto. Que la muerte de Valentón sea la última muerte de un animal en aras de la diversión y el salvajismo y la hombría.
Hoy va por ti, Valentón.
No lo he escrito yo, pero lo suscribo.

14 comentarios:

Anónimo dijo...

Esos 60.000 toros no existirían si no fueran las corridas. Tampoco las dehesas. Mejor vivir y sufrir que no vivir o, como los otros animales vacunos, estar en cebadero 6 meses en 3 metros cuadrados.

besitos , baila

Anónimo dijo...

Olvide algo: no al toro de la vega. Sí rotundo a las corridas

Anónimo dijo...

Lamentable y muy muy penoso El toro de la Vega. Dice muy poco y muy malo de un pueblo como Tordesillas. Evitaré todo lo posible el pasar por allí. Y lamentable que suceda esto es un país como España, que, a veces, me da asco.

Un centrista.

Alberto Bailador Montes dijo...

¿Mejor vivir y sufrir que no vivir??? No estoy deacuerdo.

NO al toro de la Vega y NO a los asesinatos de toros en las corridas.

Anónimo dijo...

Salvajadas como esa ponen de manifiesto lo que hay.

Anónimo dijo...

No entiendo eso de "Olvidé algo: no al toro de la Vega. Sí rotundo a las corridas" -¿¿¿¿¿¿?????-. Una corrida de toros es exactamente lo mismo que el toro de la Vega: baderillas (sangre), un tipo a caballo clavándole una pica -prima hermana de la lanza del toro de la Vega- (más sangre), una espada atravesando su cuerpo y llegando a sus órganos vitales para morir después de agonizar durante varios minutos (más sangre). Dan la enhorabuena a un "señor" regalándole las orejas o el rabo del animal muerto cual trofeo.
SI ME DAN A ELEGIR ENTRE VIVIR 4 AÑOS COMO UN "REY" EN EL CAMPO PARA MORIR SIN DIGNIDAD Y DIVIRTIENDO A PERSONAS QUE CELEBRAN LA SANGRE (NO LA SUYA NI LA DE LOS SUYOS, CLARO) EN NOMBRE DEL ARTE Y NO EXISTIR, ELIGO NO EXISTIR NUNCA Y NO CONOCER EL SUFRIMIENTO.

Arancha

Alberto Bailador Montes dijo...

jeje. Bien contestao, así me guta a mí.

Cambiando de tema, que los pro taurinos, además de no caerme bien por como piensan me tienen agobiao, me presentas a esa amiga guapa solera que tienes por ahí, jajaja.

Un besín y muchas felicidades.

Alberto Bailador Montes dijo...

"soltera" quise decir jajajajaja

Anónimo dijo...

Ya sabes que Óscar y yo siempre hemos dicho que Isa es la "candidata ideal"
Soltera, trabajo fijo, piso propio y guapa. (que más se puede pedir!!??)
jejejeje a por ella!!!!!!!
PONED EL MUNDO POR MONTERA

Alberto Bailador Montes dijo...

jeje, habrá que hacer esa cena entonces pa conocernos porque si no... Besos!!

Anónimo dijo...

Frente el radicalismo, ofuscación e hipocresía, la moderación, franqueza, inteligencia y lucidez en un artículo que suscribo y que esgrimo con el propósito de centrar el debate y la convicción de desenmascarar a los lobos con piel de cordero.

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA
La última corrida (http://www.elpais.com/articulo/opinion/ultima/corrida/elpepiopi/20040502elpepiopi_6/Tes)

Aunque las corridas de toros han tenido siempre detractores -entre ellos mi admirado Azorín- hasta ahora nunca estuvieron en peligro de desaparecer. Eso ha cambiado en nuestra época debido a la creciente sensibilidad que la cultura occidental, signada por el ecologismo, ha desarrollado frente a temas como la preservación de la naturaleza y la necesidad de combatir la crueldad de que son víctimas los animales, el anverso y reverso de una misma medalla. La decisión del Ayuntamiento de Barcelona de declarar a la ciudad condal anti-taurina podría ser el principio del fin de la fiesta. Recordemos que desde hace algún tiempo dormita en el Parlamento Europeo un proyecto de prohibición de las corridas en la Unión Europea que, luego de la iniciativa catalana, podría ser activado y, si es puesto al voto, seguramente será aprobado.
¿Por qué, en el reciente debate suscitado por este asunto, quienes defendemos las corridas hemos estado tan reticentes y tan parcos y prácticamente dejado el campo libre a los valedores de la abolición? Por una razón muy simple: porque nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros, un espectáculo que alcanza a veces momentos de una indescriptible belleza e intensidad y que tiene tras él una robusta tradición que se refleja en todas las manifestaciones de la cultura hispánica, está impregnado de violencia y de crueldad. Eso crea en nosotros, los aficionados, un malestar y una conciencia desgarrada entre el placer y la ética, en su versión contemporánea.

Ahora bien, reconocido el hecho capital e insoslayable de que la fiesta de los toros somete al astado a unos minutos de tormento que preceden a su muerte y que para ciertas personas esto resulta inadmisible, todo debate sobre este tema está en la obligación, para ser coherente, de desplegarse dentro del contexto más general de si toda violencia ejercida sobre los animales debe ser evitada por inmoral, o si sólo la taurina es condenable y otras, más disimuladas, pero incluso mucho más multitudinarias y feroces, deben ser toleradas como un mal menor. De todo lo que he leído al respecto, sólo J. M. Coetzee me parece haber llegado hasta las últimas consecuencias, a través de su álter ego, Elizabeth Costello, para quien los camales donde se benefician vacas, corderos, cerdos, etcétera, son equivalentes a los hornos crematorios en que los nazis incineraron a los judíos. Por lo tanto, ningún ser viviente puede ser sacrificado sin que se cometa un crimen. Me pregunto cuántos de los partidarios de la supresión de las corridas están dispuestos a llevar sus convicciones hasta este extremo y aceptar un mundo en el que los seres humanos vivirían confinados en el vegetarianismo (o peor, en el frutarianismo) radical e intransigente de Elizabeth Costello.

Los enemigos de la tauromaquia se equivocan creyendo que la fiesta de los toros es un puro ejercicio de maldad en el que unas masas irracionales vuelcan un odio atávico contra la bestia. En verdad, detrás de la fiesta hay todo un culto amoroso y delicado en el que el toro es el rey. El ganado de lidia existe porque existen las corridas y no al revés. Si éstas desaparecen, inevitablemente desaparecerán con ellas todas las ganaderías de toros bravos y éstos, en vez de llevar en adelante la bonacible vida vegetativa deglutiendo yerbas en las dehesas y apartando a las moscas con el rabo que les desean los abolicionistas, pasarán a la simple inexistencia. Y me atrevo a suponer que si les dejara la elección entre ser un toro de lidia o no ser, es muy posible que los espléndidos cuadrúpedos, emblemas de la energía vital desde la civilización cretense, elegirían ser lo que son ahora en vez de ser nada.

Si los abolicionistas visitaran una finca de lidia, se quedarían impresionados de ver los infinitos cuidados, el desvelo y el desmedido esfuerzo -para no hablar del coste material- que significa criar a un toro bravo, desde que está en el vientre de su madre hasta que sale a la plaza, y de la libertad y privilegios que goza. Por eso, aunque a algunos les parezca paradójico, sólo en los países taurinos como España, México, Colombia y Portugal se ama a los toros con pasión. Por eso existen estas ganaderías que, con matices que tienen que ver con la tradición y las costumbres locales, constituyen toda una cultura que ha creado y cultiva, con inmensa dedicación y acendrado amor, una variedad de animales sin cuya existencia una muy signifitiva parte de la obra de García Lorca, Hemingway, Goya y Picasso -para citar sólo a cuatro de la larguísima estirpe de artistas de todos los géneros para los que la fiesta ha sido fuente de inspiración de creaciones maestras- quedaría bastante empobrecida.

¿Es más grave, en términos morales, la violencia que puede derivar de razones estéticas y artísticas que la que dimana del placer ventral? Me lo pregunto después de leer el impresionante artículo de Albert Boadella (Abc, 18-4-04), acusando de fariseos a quienes, horrorizados por las crueldades taurinas, piden que se cierren las plazas y no tienen empacho, sin embargo, en atragantarse de sabrosas butifarras catalanas. ¿Qué requiere la elaboración, en la actualidad, de esta exquisita delicatessen mediterránea? Que diez millones de cerdos vivan "toda su existencia en apenas dos metros cuadrados, mientras intentan equilibrar constantemente sus patas sobre unas rejas por las que fluyen los excrementos. Su único movimiento posible se reduce a inclinar ligeramente la cabeza para comer pienso, ya que el transporte al matadero se efectúa en idénticas condiciones". No sólo los cerdos son brutalmente torturados para satisfacer el caprichoso paladar de los humanos. Prácticamente no hay animal comestible que, a fin de aumentar el apetito y el goce del comensal, no sea sometido, sin que a nadie parezca importarle mucho, a una barroca diversidad de suplicios y atrocidades, desde el hígado artificialmente hinchado de las aves para producir el sedoso paté hasta las langostas y los camarones que son echados vivos al agua hirviendo porque, al parecer, el espasmo agónico final que experimentan achicharrándose condimenta su carne con un plus especial, y los cangrejos a los que se amputa una pata al nacer para que la otra se deforme y agigante, y ofrezca más alimento al refinado degustador.
¿Y qué decir de la caza y de la pesca, deportes tan extendidos como prestigiosos en los cinco continentes? Es verdad que, en los países anglosajones, en especial aquí, en Inglaterra, hay periódicas campañas contra la caza del zorro, animal que es despanzurrado por millares en cada estación, apenas se levanta la veda, por el puro placer del cazador de matar a balazos un animal cuya carne no se va a comer y con cuya piel no se va a abrigar. Pero también es cierto que si su reproducción no fuera de algún modo contenida dentro de ciertos límites, terminaría provocando verdaderas catástrofes ecológicas.

¿Y en cuanto a la pesca, actividad que hasta ahora, que yo sepa, con la sola excepción de la caza de ballenas, no ha movilizado en su contra a los militantes del Frente de Defensa Animal ni a los pacifistas a ultranza? Recomiendo a los amantes de literatura sádica -y sobre todo a los practicantes del sadismo- el artículo donde Luis María Ansón ("La pesca recreativa y las corridas de toros", publicado por la Fundación Wellington, abril 2004) describe los pormenores de la pesca del lucio, en un río que caracolea entre las montañas suizas. Aunque es silente, y no corre la sangre, la operación es de un tal refinamiento en el ejercicio de la crueldad que pone los pelos de punta, sobre todo al final de la larga agonía, cuando el pez, con el paladar ya destrozado por el anzuelo de triple punta, va muriendo asfixiado, con los ojos saltados y atónitos, entre coletazos que se apagan en cámara lenta.

¿Mal de muchos, consuelo de tontos? No estoy tratando de demostrar nada con estos ejemplos, que se podrían alargar hasta el infinito, sino diciendo que si se trata de poner un punto final a la violencia que los seres humanos infligen al mundo animal para alimentarse, vestirse, divertirse y gozar, ideal perfectamente legítimo y sin duda sano y generoso aunque de tremebundas consecuencias, habrá que hacerlo de manera definitiva e integral, sin excepciones y, a la vez, sacrificando al mismo tiempo los toros y los zoológicos, y, por supuesto, los placeres gastronómicos, especialmente los carnívoros, y las pieles y todas las prendas de vestir y utensilios u objetos de cuero, piel y pelambreras, y hasta las campañas de erradicación de ciertas especies de insectos y alimañas (¿que culpa pueden tener el anófeles hembra de trasmitir el paludismo, la rata la peste bubónica y el murciélago la rabia? ¿Se extermina acaso a los humanos portadores del sida, de la sífilis o del contagioso catarro?) de modo que el mundo alcance esa utópica perfección en la que hombres y animales gozarán de los mismos derechos y privilegios. Aunque, claro está, no de los mismos deberes, porque nadie hará entender a un tigre hambriento o a una serpiente malhumorada que está prohibido, por la moral y por las leyes, manducarse a un bípedo o fulminarlo de un picotazo.

Mientras no se materialice esa utopía seguiré defendiendo las corridas de toros, por lo bellas y emocionantes que pueden ser, sin, por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque le aburren o porque la violencia y la sangre que en ellas corren le repugna. A mi me repugnan también, pues soy una persona más bien pacífica. Y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados. Lo que nos conmueve y embelesa en una buena corrida es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundidad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado, de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo gracias a su contrapartida que es la muerte. Las corridas de toros nos recuerdan, dentro del hechizo en que nos sumen las buenas tardes, lo precaria que es la existencia y cómo, gracias a esa frágil y perecedera naturaleza que es la suya, puede ser incomparablemente maravillosa.

© Mario Vargas Llosa, 2004. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2004.

Anónimo dijo...

Ayuda para cuando desde fuera de España le vuelvan a intentar enmendar la plana:

La pesca recreativa y las corridas de toros (http://www.mundotoro.com/noticiashtm/26638_La_pesca_recreativa_y_las_corridas_de_toros_(articulo_de_Anson).html)

Mi buen amigo Daniel J. Santos ha regresado exultante de Suiza. Tiene cuarenta años, bigote aznarizado, cejas de acento circunflejo a lo Zapatero, entradas que anticipan la calvicie total y una curva de la felicidad que le atormenta. Es alto, fuerte, suele disfrazarse de joven y habla con palabras deshuesadas y vivos ademanes de sus manos desdeñosas. Se fue a un río suizo que se estanca a pescar el lucio y consiguió la picada y captura de un pez de 129 centímetros, su récord personal. Utilizó caña Carpmaster Excel, con la que se especializó en ciprínidos en los territorios carperos. Pero asegura que le funcionó muy bien en su última aventura.

- De madrugada - me dijo- saltó la alarma. Salí como una exhalación de mi saco de dormir. El carrete chirriaba en la caña y el trípode apenas resistía los botes. Tomé el mando y ajusté el freno. El pez huía desgarrado por la potera, el anzuelo triple, como sabes, bien sujeto por una empatadura, anudada a base de kevlar. Me di cuenta enseguida de que la lucha iba a ser larga y dura.

Daniel Santos había cebado el agua con boilies. La mosca empleada en su caña era de cabeza metálica dorada, la seda de color oliva, la pata, riñonada de pardo aconchado y la brinca, de tinsel fino también dorado. Prescindió de la cucharilla giratoria. Usó como cebo tencas vivas. Se había pertrechado de esmerillones, mosquetones y quitavueltas para evitarse complicaciones.

- La lucha fue heroica - siguió contándome Daniel, entusiasmado consigo mismo-. Durante no menos de media hora el tira y afloja continuó. En un remolino de las aguas pude ver la cabeza del pez. Era un lucio, sin duda de gran tamaño y grueso perímetro. La emoción me los puso de corbata.

Prendido bárbaramente del anzuelo de acero, el pez sufría hasta la angustia, herido por tres lugares simultáneamente. El lucio no es un animal bravo que vuelve al castigo y se crece con él. Por el contrario, se trata sólo de un pez aterrorizado, claro está, por el punzante de acero del que no puede desprenderse. El dolor que el anzuelo triple produce en zona tan sensible como el paladar resulta indescriptible. Basta imaginarse a un toro vivo colgado de la boca por un enganche de hierro en una grúa de la construcción. El lucio, en fin, huía despavorido hasta que la sabia mano de Daniel, tras darle caña, tiraba con decisión y reducía la fuga, con atroces desgarros. Y así una y otra vez mientras los minutos transcurrían entre dolores terribles para el pez y euforia deportiva para el pescador.

- Por fin - se extasía Daniel- levanté al lucio. Era enorme. Apenas podía sujetarlo en el aire mientras coleaba. Pero yo había levantado la malla de la sacadora, para que el lucio no pudiera escapar.

La terrible agonía del pez entre coletazos y espasmos en el aire se acentuó con la asfixia. Los coletazos se fueron haciendo más débiles, los espasmos menos frecuentes. Los ojos saltones y atónitos se le vidriaban poco a poco. El desgarro en la boca era cada vez más estremecedor.

- Alargué el brazo - concluyó Daniel- Se había consumado mi gran victoria. Deposité al animal todavía agonizante sobre la moqueta de desenganche y me apresuré a desanzuelarlo, lo que resultó complicado porque la lucha había clavado fuertemente el metal en los labios y el paladar. Gracias al desembuchador pude al fin realizar la operación.

- Bueno - añadió eufórico -. Y aquí me tienes en esta fotografía con el lucio, que es mi máximo trofeo después de tantos años de pesca. Estoy que no me lo puedo creer.

Son muchos millones los pescadores que en los países más cultos de Europa, Suiza, Suecia, Noruega, Dinamarca, Francia, Italia, Holanda, Alemania, Inglaterra... dedican sus fines de semana a la pasión, un poco cruel, la verdad, de la pesca recreativa. Se comprende la captura masiva de peces para la alimentación general. Y serán muchos los que acepten, aunque con reparos, la belleza de la pesca deportiva o la recreativa. Pero, tras la conversación con Daniel y el relato de su hazaña, cada vez que un suizo, un sueco, un noruego, un danés critiquen las corridas de toros, espectáculo de arte y valor, de profundas raíces religiosas y populares y en muchos aspectos expresión cultural trascendente, contestaré:

- Mire usted, mi querido amigo, cuando prohiban en su país la pesca recreativa empezaremos a hablar de las corridas de toros que ustedes quieren que el Parlamento europeo condene.

Contemplé, en fin, a Daniel todavía emocionado tras su relato, héroe por cierto sin riesgo personal tan diferente al del torero en la plaza que, con sólo un trapo, se enfrenta a las dos furias astadas del toro bravo, y le dije:

- Me alegro de tu éxito, Daniel. Por cierto, tengo entradas para ver esta tarde en Las Ventas al Juli. Es un torero de época. Te invito a que vengas conmigo.

-¿A los toros? - me contestó- ¿Cómo puede ir a los toros un hombre culto y sensible como tú? La corrida de toros es una salvajada. "

Luis MARÍA ANSÓN

De la Real Academia Española

Alberto Bailador Montes dijo...

De ese tal Ansón, no pongan nada en mi blog por favor.

el ecologista dijo...

Interesante, como para un libro, porque alrededor del toro hay antecedentes en la peninsula iberica anteriores al imperio romano al que se le atribuye en parte importante la implantacion de la brutalidad del espectaculo taurino , a modo de "pan y circo", con su dosis de muerte de bestias y de gladiadores (toreros), pero la fiesta brava es un poco mas, :es negocio , es trabajo en el campo, es tardicion , en alegria de muchos amen de sadismo , es brutalidad ,pero y lo que se en altamira y cuando lo hicieron, desde siempre que quede claro el "humanismo" con su criadero y domesticacion humanapor medio de las religiones y de la "educacion" cristianizada ha sido todo un fracaso , porque lo animal que cad hombre lleva dentro nadie se lo ha podido sacar y se ve en la nota roja de todos los dias en TV, en la prensa, escrita , en las guerras y en el manejo del evangelio de la desinformacion que los gobiernos tienen en USA y en china , donde sea, finalmente termino si por brutalidad ansestral se quita :que se quite , pero si solo es por dividir un poco mas a españa , QUE SIGA VIVIENDO EL TORO Y LAS CORRIDAS. sALUDOS.