jueves, 28 de agosto de 2008

Querida Milagros

BUENOS AIRES.- El frío y la niebla de la noche no frenaron a la muchacha de 14 años. Estaba decidida a todo, incluso a parir a la intemperie el hijo indeseado. Su familia no sabía que estaba embarazada y ella pretendía simular que la vida seguía adelante como si nada hubiese pasado. Así que se fue a una finca rural de la localidad de Abasto, 55 kilómetros al sur de Buenos Aires, y dio a luz entre unas matas. Quizá pensó que los jornaleros se apiadarían de la criatura, y la dejó abandonada entre las sombras.

El bebé quedó solo y desnudo, a un paso de la muerte por hipotermia. Pero de repente apareció "China", la perra del campo, de ocho años, que está amamantando a seis cachorrillos recién nacidos. Guiada por su instinto maternal, se interesó por la inesperada visitante y empezó a dar vueltas alrededor.

Igual que la loba que amamantó a Rómulo y Remo, cogió a la recién nacida con su boca, sin morder, tal como hace con sus crías, y la trasladó a lo largo de 50 metros hasta su precaria 'vivienda', un cobertizo montado con chapas y maderas viejas, al lado de un gallinero. Allí la mascota acomodó entre los cachorros a la niña, cobijándola con el calor de los cuerpos. Pero parece que el bebé no estaba cómodo y comenzó a llorar. "China" se puso de los nervios y salió de la caseta ladrando, mientras daba vueltas sin entender qué había hecho mal.

El dueño de la finca, Fabio Anze, se despertó con tanto alboroto y salió de la casa a ver qué pasaba. Primero tranquilizó a la perra con una caricia mientras enfocaba la linterna hacia la caseta. Y vio a la niña, que aún tenía el cordón umbilical colgando. Enseguida llamó la comisaría y trasladaron a la niña al hospital. Tras revisarla, los médicos diagnosticaron que estaba fuera de peligro y que se trataba de "una gorda hermosa de cuatro kilos". Nació tras 39 semanas de gestación.

El viernes, fue trasladada al hospital de niños de la ciudad de La Plata para ser sometida a estudios médicos. La doctora Herminia Itarte, directora del centro, declaró que el bebé "está estable aunque tiene hematomas, heridas y escoriaciones en la boca. Es probable que la hayan arrastrado". "No sabemos por dónde la tomó la perra, pero no tiene mordeduras. Los perros sujetan a sus cachorros del pescuezo. Nunca los muerden. Se las ingenian para no lastimarlos", añadió. La niña permanece en la sala de neonatología del hospital, las enfermeras quieren que se llame "Milagros". La madre también está ingresada y se enfrenta a un posible proceso penal por abandono. "China" se ha convertido en la heroína de Argentina y muchos reporteros gráficos montan guardia en plan 'paparazi' frente a la finca para retratarla. Es un perro común, con lomo negro, patas marrones y manchas blancas en el pecho. Lleva mal tanto jaleo y popularidad, por eso ladra a las cámaras.

26 comentarios:

Anónimo dijo...

Ruego tenga a bien que le remita a http://www.burladero.com/noticias/003411/personalmente/gustan/toros/respeto/parte/cultura, con el ánimo de que reflexione sobre si el antitaurinismo en el que milita y del que se jacta no encubrirá cierta animadversión hacia España y lo español...

Alberto Bailador Montes dijo...

No me hace falta ver esa página para saber que siendo antitaurino me considero muy español, a pesar de que en este nuestro país llamado España, sucedan barbaries que me avergüenzan. Yo no tengo animadversión hacia España. Tengo la misma animadversión a los toros en España, que a la deforestación en la Amazonia y Asia, a la caza de ballenas de los japoneses e islandeses o la atroz masacre a la que nos acostumbran los canadienses con "sus" focas. Creo que te he respondido.

Un saludo

Anónimo dijo...

Querido Bailador de los Montes, ya tus apellidos delatan el infinito amor que procesas a la naturaleza. Aquí otro español y otro antitaurino. Muy hermosa la historia que cuentas. Ya me la anticipó Arancha. Siento no dar muchas señales de vida. En breve me examino. Ojalá todo fuera bien. Nos veremos con calma. Dentro y fuera de la Champions. Dentro y fuera del fútbol. Por cierto, qué mala pinta el árabe del Manchester City. Va a liar una de 7 toros, que vienen mucho a cuento. Siempre te quiere, tu soldado Adrián.

Óscar

Anónimo dijo...

Parece que, al final, todo se reduce a un malentendido: la confusión que usted y su acólito manifiestan entre lo cruel y lo cruento. Por otra parte, asombra la ligereza de la que algunos hacen gala cuando osan opinar sobre algo que ignoran o de lo que solo tienen impresiones superficiales. Le invito a leer a el siguiente texto de Fernando Savater (1992) para que aprenda qué es naturaleza y reflexione sobre la condición de su «amor» hacia ella: «Esta cuestión nos lleva al tema de la ecología, sobre el que tengo que decirte dos palabras para acabar con este capítulo, aunque no sea más que por aquello de que se la considera como el interés político más extendido entre los jóvenes. Para empezar, déjame distinguir entre “ecología” y lo que yo he llamado en otra ocasión “ecolatría”. La primera se preocupa de la destrucción de determinados recursos y seres naturales (capa de ozono, selva amazónica, limpieza de los mares, bosques, especies animales, etc…) porque ello empobrece la vida humana y puede llegar a amenazarla seriamente. Es decir, los ecologistas sostienen que debemos preocuparnos del medio ambiente porque no podremos vivir y disfrutar si lo dañamos irremisiblemente. Estoy completamente de acuerdo, como puedes suponer. En cambio, los ecólatras basan su amor a la naturaleza en el odio a lo que representa la tradición humanista moderna: sostienen que el hombre no es más que un ser natural entre otros, que no tiene ningún derecho especial, que sus intereses culturales o tecnológicos no deben gozar de ningún privilegio sobre los intereses biológicos de cualquier otro ser del planeta. Los derechos humanos no son más importantes (¡ni siquiera para los humanos!) que los derechos animales o los derechos vegetales… Sinceramente, esta actitud me parece disparatada en el mejor de los casos y en el peor sospechosa: ¿sabías que muchos representantes de la llamada “ecología profunda” —lo que yo denomino “ecolatria”—» mantienen vínculos con grupos neonazis o ultraderechistas? Después de todo, conviene no olvidar que las primeras leyes de protección de los animales y de la madre Tierra las promulgó durante los años treinta en Alemania un célebre vegetariano enemigo del tabaco llamado… Adolf Hitler. Mira, Amador: los hombres no podemos destruir ni dañar la Naturaleza. Es ella, por supuesto, la que nos condena a la destrucción tras numerosos daños. Aunque hiciésemos pedazos nuestro pequeño planeta, la naturaleza seguiría su curso de forma inmutable: cualquier bomba, cualquier gas letal, cualquier producto contaminante hará explosión, asfixiará o polucionará por razones tan estrictamente naturales como las de la función clorofílica o la aurora boreal. Si somos demasiado brutos, los hombres podemos destruir nuestra naturaleza, pero no la naturaleza; podemos aniquilar nuestro planeta (y a nosotros con él, desde luego) pero no nuestra galaxia ni el universo.»
Por cierto, Óscar, es profesar, no procesar...

Alberto Bailador Montes dijo...

Gracias Óscar por responder libremente declarándote antitaurino y español. Suerte en el exámen y ya hablaremos de ese "árabe" que no creo sea tan dañino.

Y gracias por tu interesante respuesta "anónimo". Algunos matices:

No te asombres de la asombrosa ligereza en algunos temas los cuales ignoramos, no siendo que tengamos bastante más idea que tú. No lo sé, lo ignoro, por eso no prejuzgo.

Estoy de acuerdo con Savater en todo lo que dice de "Ecología", y me parece muy interesante todo lo que refleja de "Ecolatría". Es un término que desconocía.

Yo tengo claro la condición que tengo como ser humano, y es precisamente por eso por lo que los derechos humanos me parecen esenciales. No discuto ninguna condición al ser humano. Es precisamente por eso, por la facultad de razón y de pensamiento que tenemos los humanos, por lo que no entiendo todas las atrocidades citadas anteriormente que día a día no dejan de ocurrir.

Y sepa usted, que el protagonista de todos estos hechos es siempre el mismo. El ser humano. Tenga claro, que en mi ideología, "nacer para morir" no entra en mis principios, y yo no soy como Marx, que si no le gustan, tengo otros.

Por cierto, decir que "los hombres no podemos destruir ni dañar la Naturaleza", lo diga usted o Savater, me parece un auténtico disparate. Reflexione dicha afirmación.

La grandeza del ser humano como ser racional (o más racional)que es, desde luego no se demuestra acudiendo a un recinto donde se jalea el vulgar asesinato de un ser vivo. Desde luego cuando intuyo semejante vista, es cuando me asaltan las dudas sobre la condición racional del ser humano.

Por cierto, que Hitler, uno de los mayores asesinos de la historia, fuera más o menos ecologista, me parece un dato más. Pero no mezcle "churras con merinas". Es como si yo le digo que uno de estos asesinos de toros de moda, citemos por ejemplo al tal José T, es un reconocido seguidor de una ideología política extrema. Ese es otro tema, y a mí, ese no me interesa, al menos en este post. Por cierto, ¿en su mundo taurino es que no existe el patriotismo exhacervado??

Para terminar sepa usted, que hace no mucho estuve en un país del extranjero impresionante. Sus habitantes me indicaron que allí, a España se la conoce por los toros. Mejor dicho, según sus palabras "por lamentable espectáculo" Me dio pena. Como español, no pude hacer otra cosa que asentir y reconocer que todo lo que veían era real. Esa es la imagen que proyectamos al mundo. Me dio pena, reitero. Y sentí mucha vergüenza.

Gracias.

Anónimo dijo...

Aquì os dejo una de las gracias que han hecho vuestros amigos los antitaurinos. No son más que unos cobardes y unos miserables que no tienen la suficiente gallardia de meterse con los vivos que se meten con los muertos. Sobre Oscar y tú pues lo que dice el refrán "la ignorancia que atrevida es". Un español y un taurino

www.tribuna.net/noticia.asp?ref=37486

Anónimo dijo...

Buscaba yo a Sabina y di con este blog. Pues aqui uno que en el cole fue toreado, banderilleado, picado y casi rematado por los toreros macarras de turno y fue la peor experiencia de mi vida. De hecho parte de mis miedos proceden de aquellos hijos de puta que me hicieron la vida imposible durante mucho tiempo. Y para ellos era todo un arte atemorizarme, como a otros inocentones. Para ellos era toda una fiesta. Claro que nunca estuvieron en mi lugar, que al que alguna vez le sangró la nariz fue a mi. ¿Ignorancia? maldigo los aplausos que nacen del más minimo tipo de sufrimiento. La sangre no es arte. Por lo pronto, es de color rojo. Y síntoma de que algo no funciona. Mal rollete pues.

Por cierto, soy de Sevilla, zona por desgracia de toreros. Y mi nombre es Juan Carlos.

Alberto Bailador Montes dijo...

Gracias Juan Carlos por contestar. Estoy muy deacuerdo contigo. Yo soy de Salamanca y aquí te puedes imaginar a que huele el color rojo. A muerte. A asesinato.
Si te gusta Sabina en mi blog siempre encontrarás algo, siempre lo tengo muy presente.

Por cierto, del taurino esperaba bastante más que el dicho "la ignorancia que atrevida es". Eso digo yo, llamar ignorante a quien no se conoce.

Anónimo dijo...

Una vez más, ha quedado demostrada la «humanidad» de los antitaurinos. Por cierto, el término asesinar no incluye entre sus acepciones la de dar muerte a ningún animal no humano, por consiguiente le aconsejo que se guarde de aplicarlo para ello, porque es grave.

Anónimo dijo...

Tienes razón, Alberto, el color rojo, como el de la pintura que unos que piensan como usted, en una insuperable muestra de valentía, han derramado hoy sobre la tumba de Robles, huele a sangre, asesinato. Ojalá los cojan pronto y les caiga la mayor pena prevista por las leyes. Y después que sigan calumniando...

Anónimo dijo...

A algunos tan taurinos les metía yo los dos cuernos de un mihura por el culo........ O mejor, dos banderillas... o una pica.... o un estoque..... por aquello de probar la miel del arte. Por supuesto con el más caluroso de mis olés. Respecto al asesino Julio Robles está claro que la inmensa mayoría no defendemos lo sucedido. No paguemos todos la radicalidad de unos pocos. Eusebio, no sea tan estricto con el puto idioma, que nos entendemos todos

Llevará un tiempo, pero el toreo ya está en la cuesta abajo. A ver si de aqui a cien años ha desaparecido por falta de afición, que ya va decayendo, afortunadamente. Mejor tarde que nunca

Anónimo dijo...

http://www.elpais.com/articulo/opinion/cornadas/Europa/elpepiopi/19911222elpepiopi_2/Tes

TRIBUNA: FERNANDO SAVATER
Las cornadas de Europa

FERNANDO SAVATER 22/12/1991

El mayor perjuicio que acarrea la condena como injustificables de las corridas de toros por parte de algunos es, sin duda, que otros se sienten en la obligación de justificarlas. No hay género más fastidioso que esta apologética, ni menos convincente. Si alguien decide que una actividad lúdica es degradante para los espectadores, ¿cómo convencerle de que sus efectos son, por el contrario, beneficiosos y llenos de gracias culturales? A poco que se las examine de cerca, casi todas halagan pasiones ambiguas, desarrollan capacidades que pueden ser muy mal utilizadas y tienen un trasfondo de vil negocio que repele a los enemigos (ruidosos y numerosos) de las ganancias ajenas. Para colmo, en algunas (carreras de automóviles y motos, boxeo, alpinismo ... ) no son raros los accidentes mortales y es moda de la época salvar la vida del prójimo quiera o no quiera: ¡pero si hasta hay que llamar eutanasia al venerable suicidio y dotarle de certificados médicos para que resulte tolerable ante tanto benefactor tiránico y burocrático como tenemos suelto! Los abogados defensores de la tauromaquia acumulan Goya sobre Picasso, Lorca sobre Bergamín, y nos abruman con disquisiciones sobre el toro de Minos y los rituales de fecundidad mediterráneos; otros, más primarios, tararean España cañí y nos estampan lo de la fiesta nacional, con lo cual ya no hay quien levante cabeza. Y aún menos arreglan quienes arguyen que cosas peores se ven por el mundo, como gasear judíos o enterrar vivos a soldados iraquíes.De modo que no pienso intentar justificar las corridas de toros, lo subjetivo y opinable de cuyas excelencias me parece evidente. Ni mucho menos intentaré menoscabar el aprecio cultural o moral que merecen aquellas personas a las que tal entretenimiento desagrada e incluso asquea. En este terreno tengo por igualmente equivocados a todos los que convierten una cuestión de gustos estéticos y sensibilidad personal en base para apreciaciones morales, afirmaciones patrióticas o exigencia de prohibiciones gubernativas. En el aspecto moral de la cuestión es donde se percibe con mayor claridad el equívoco que rodea este asunto. La condena ética de los toros se basa en dos supuestos: lo indebido y vil de ejercer la crueldad y el derecho de los animales a ser tratados humanitariamente. Pero es obvio que no toda crueldad (entendiendo por tal producir a sabiendas dolor) es nefasta ni responde a un capricho morboso: sin cierta crueldad nunca aprenderíamos nada (todo aprendizaje es cruel, empezando por el del habla), ni nos someteríamos a leyes, ni aceptaríamos deberes éticos. Ya Nietzsche se refirió en su día agudamente a esta dimensión de la formación humana. Sólo la crueldad por la crueldad, cuyo exceso o sinsentido la convierten en fin en sí misma, merece repulsa moral. La innegable crueldad de la fiesta taurina es un medio para lograr algo distinto, sea belleza plástica, exaltación simbólica o simple pasatiempo. ¿Es inmoral que un pasatiempo sea cruel? Pues todos suelen serlo, desde los juegos de azar y los concursos televisivos hasta la tragedia griega. ¿Acaso son innecesarios los pasatiempos? Para nosotros los hombres, únicos seres conscientes de la crueldad del tiempo que nos hace y deshace, nada hay tan necesario.
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La segunda parte de la repulsa ética estriba en el supuesto derecho de los animales al trato humanitario. En largos siglos de vérnoslas con animales, los hombres los hemos admirado como a dioses, los. hemos combatido o cazado, hemos anudado pactos amistosos con algunos de ellos, los hemos utilizado de mil modos, pero nunca les ofendimos tanto para tenerles por iguales. Hubiera sido el único comportamiento realmente antinatural para con ellos. ¿Se puede hablar por analogía o extensión de derechos de los animales? Sería un uso tan equívoco como el del ejecutivo que habla de nuestra filosofía de ventas, al que nadie confunde precisamente con Aristóteles. Por supuesto, ciertas religiones ordenan desviarse del camino para no pisar a la hormiga o respetar al piojo que anida en nuestra cabeza; pero aquí no se trata de derechos en el sentido ético o jurídico del término, sino de una determinada fe que no puede obligar al no creyente. Desde antiguo sabemos que complacerse en maltratar a los animales revela mala índole (psicológica, estética ... ), pero éste es un punto en el que coinciden el cazador y el zoólogo, el vegetariano y el goloso de foiegras. Nadie conoce mejor que el aficionado la diferencia que hay entre maltratar a un toro o lidiarlo como es debido: la incesante estilización de la fiesta apunta toda ella en dirección opuesta al matarife o al barullo de la capea. En una palabra: si algo debemos a los animales es la conciencia del significado vital que en su compañía perfilamos; por medio de ritos y mitos, nos empeñamos en rescatarles (y recatarnos) de la insignificancia.

Me molesta sobrecargar con rebuscadas pedanterías antropológicas, psicoanalíticas o literarias la fiesta de los toros, cuyo encanto peculiar viene tanto de su fondo elemental como de su forma sofisticada. A ciertos aficionados nos gusta divagar sobre su simbología o inventarla, tarea inocente que puede efectuarse con la inspirada sutileza de Bergamín o con altisonancias académicas. Ningún pecado de leso patriotismo hay, desde luego, en desdeñar esa retórica y el espectáculo mismo que la suscita. Pero ya es más pecaminoso, en cambio, pretender uniformizar Europa en la asepsia y la ñoñería, suprimir el camenbert por razones higiénicas, los toros por dictaduras ecologistas y la grappa porque es droga semidura, amén de abolir los huevos frescos de la mayonesa. Cuando todos los verdaderos problemas de la unidad europea están aún por resolver, ahora resulta que los españoles vamos a tropezar con una propuesta del Reino Unido y Alemania que, en nombre de la protección de los animales sintientes (¿qué querrá decirse con semejante estupidez: que ciertos animales no sienten o que ante algunos de ellos nosotros lo sentimos mucho?), solicita la supresión de las corridas de toros. Pues bien, a mí me rebela esa propuesta no como amante de los toros, sino como amante de Europa, de una Europa que no ha de ser ni asilo de solteronas histéricas ni guarderías de niños desnatados. Temamos a los castizos del europeísmo a la sajona y recordemos que chulos son quienes Pretenden limitar los gustos de los demás en nombre de los propios, no quienes practican los suyos sin tratar de imponérselos a nadie. En punto a barbarie bastante tenemos los europeos hoy con intentar combatir entre nosotros a quienes pretenden tratar a ciertos hombres como animales; espero que no tengamos que enfrentarnos también a un nuevo género de bárbaros, empeñados en tratar a ciertos animales como a humanos.

Alberto Bailador Montes dijo...

Denoto en algunos taurinos cierto nerviosismo cuando se habla de semejante barbarie (para mí vil asesinato por sus connotaciones, siento a quien le moleste el término). Evidentemente los hechos acontecidos en la tumba de ese señor no creo que sean la mejor forma de reivindicar nada.

El viernes por la noche ví un reportaje del llamado "Toro de la Vega" de Tordesillas. Lamentable, horroroso, vergonzoso. Con un sinfín de improperios me quedaría corto. Pena y mucha mucha vergüenza ajena. ¿Tradicíón? Por favor. Podría citar algunas tradiciones que por lógica razonada han ido evolucionando y cambiándose.

Y si, por fortuna, aunque de forma lenta, determinadas tradiciones poco a poco irán desapareciendo. A mi abuelo le gustaban los toros y verlos lidiar (digamos matar vilmente, por no utilizar asesinar). A mi padre le dan igual. A mí no me gustan, evidentemente estoy en contra de todo acto tan denigrante como este.

Y esa es la tónica en general. Ha pasado con otras muchas cosas y con esto pasará lo mismo. Las sucesivas generaciones tendrán la última palabra, pero la tendencia es clara. Lo único que siento es que no estaré para verlo.

Pero pasará, pese a quien pese.

Anónimo dijo...

El «nerviosismo» que a usted le parece denotar (¿o notar?) no es otra cosa que la preocupación que surge al comprobar que, en haras de la llamada corrección política (de la que los toros, a diferencia del fútbol, carecen), se permite calumniar e injuriar impunemente; que se imponen la asepsia y la ñoñería de quienes viven como cruel el aprovechamiento de animales y vegetales (así solo se me ocurre una dieta bastante pesada, basada en... ¡piedras!); que cada vez más se convierte una cuestión de gustos estéticos y sensibilidad personal en base para apreciaciones morales, afirmaciones patrióticas o exigencia de prohibiciones gubernativas; que, en definitiva, se apagan más luces de las que se encienden: que se ha perdido el Norte.
Del artículo de arriba, que parece no haber leído, le subrayo gustoso que la crueldad no es negativa en términos absolutos, que no constituye el fin de las corridas de toros y que nadie que asiste a los mismas se regodea en el sufrimiento del animal. Por otra parte, su familia no es la medida de las cosas e igual que se destruyen se crean aficiones (véase el ejemplo de Francia en los últimos años). Por último, los espectáculos taurinos, como todo en la vida (incluido el fútbol), no son ajenos al inexorable paso del Tiempo (el mayor asesino, este sí, de la Historia) y, por consiguiente, no es imposible que caduquen (tampoco que lo haga el fútbol). Si algún día desaparecieran, espero que no sea porque gente como usted haya impuesto su sectarismo y arbitrariedad convirtiendo «una cuestión de gustos estéticos y sensibilidad personal en [...] exigencia de prohibiciones gubernativas».

Alberto Bailador Montes dijo...

Comparar fútbol con toros es un auténtico disparate. Nadie critica ningún deporte en el que no se mata. El fútbol está hoy en día sobredimensionado, es el opio del pueblo, pero es un deporte noble. Matar a un toro ni es deporte ni es noble. Y por el futuro del fútbol, como de deportes de superación, donde no se mata a nada ni a nadie, usted no tema. Que el inexorable paso del tiempo es difícil que termine con ellos. Esa es la grandeza del ser humano. Que aunque sea costoso en muchas ocasiones, la razón acaba imponiéndose sobre todas las cosas.

Que la crueldad en las corridas no constituyan el fin de las mismas puede que sea cierto. Pero que una corrida de toros es un acto cruel es un hecho que mis ojos ven, y para mí, eso es lo que cuenta. Por miles de teorías que usted pueda escribirme de personas tan pensantes como Savater, por ejemplo.

Y claro que mi familia en sus generaciones no son la medida de nada. Pero sí cuando son miles las familias a las que le ocurre lo mismo.
Salga un día a la calle y proponga una encuesta sobre a quienes le gustan las corridas de toros. Comprobará que la tendencia es clara. Hay ciertos asuntos que a las nuevas generaciones que van surgiendo le importan muy poco. Pero además hay otros acontecimientos, que esas generaciones que surgen no es que pasen de ella. Es que se manifiestan en contra de ellas.Esa es su grandeza. Son libres, son justos y son solidarios y luchan por lo que creen justo. Y me temo que se están posicionando claramente sobre las torturas que acontecen en esas plazas.

De todas formas no se preocupe, que sus ojos, al igual que los míos, no lograrán ver tal prohibición.

Por último indicarle que me ofende eso de "cuestión de gustos estéticos". Si fuera tan simple como eso no habría tantas protestas sobre tan brutales actuaciones. Y lo de imponer su sectarismo... En fin.

El tiempo pondrá a cada uno en su sitio. Aunque si los hijos de los hijos de mis hijos dependieran de ese mundo forjado en torno a tan vil masacre, sinceramente, yo estaría preocupado.

Anónimo dijo...

Todo es cuestión de tiempo. Acabarán desapareciendo.

Anónimo dijo...

"La no-violencia conduce a la ética más elevada, que es la meta de toda evolución. Hasta que no dejemos de dañar a otros seres vivos, seremos todavía salvajes". Edison

Una de las frases con más lógica y humana que he conocido.
Arancha.

Alberto Bailador Montes dijo...

"Hasta que no dejemos de dañar a otros seres vivos, seremos todavía salvajes".

Me gusta. Gracias Arancha!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

La fiesta goza de buena salud ayer 11.000 personas viendo a José Tomás en Salamanca pero vamos que si va al Helmántico lo llena igual. Los anti-taurinos son un pequeña minoría que no hacen ni harán mella al mundo de los toros por que el gran peligro para la fiesta es los que la atacan desde dentro y esto muy a su pesar a día de hoy no se da.

Alberto Bailador Montes dijo...

Piense lo que quiera. Obviamente supongo que ayer estaría llena la plaza para ver a ese tipo que está de moda. Ahora, la media de edad, según he leído, no era precisamente ni de 20 ni de 30 años. La media de edad de las personas que acuden a este lamentable espectáculo es bastante mayor. Vamos, como diría aquel, la vieja guardia.

Y estoy seguro que década a década esta espantosa tradición se irá resintiendo. Maldito negocio este de matar a seres vivos de semejante forma.

Disfrútelo mientras pueda.

Anónimo dijo...

¿vieja guardia? ¿y quien son esos? nuestros abuelos, nuestros padres...
Que casualidades tiene la vida, mira por donde ese "titiritero" al que le dedica mucho espacio en el blog y además venera e idolatra es un gran aficionado y taurino reconocido, si hombre hablo de ese tal Sabina para más señas. Al igual que ese tipo catalan el tal Juan Manuel Serrat. Por lo menos no nos prodrá decir ni escudarse que esto de los toros es de gente de derechas ya que sería de las últimas estupidezes que todavía no se han dicho.
Lo mejor de todo que los dos llegaremos a ser de la "vieja guardia" yo seguiré viendo toros y usted anelando su fin...

Alberto Bailador Montes dijo...

Cada uno es libre de pensar como quiera. A mi me gustan Serrat y Sabina porque son dos artistas muy grandes. Independientemente que le gusten los toros o no. Lo que dice de la relación toros-Derecha, lo insinúa usted. Yo no lo digo ni lo pienso. Pero si usted lo dice por algo será. "¿Ese tipo catalán"? jeje. Algo en contra de los catalanes??? "Ese titiritero al que idolatra?" Denoto cierta acritud en sus palabras, espero no sea así.

Lo mejor de todo es que yo soy feliz estando seguro que los toros tendrán su fin, aunque no llegue a verlo. También le digo que para mí hay otras cosas más importantes que el tema de los toros.

Lo que he podido ver con todo este post, que por cierto, alguien empezó a hablar de toros y no fui yo, es que los "taurinos" estáis muy irascibles y susceptibles con este tema. Realmente demasiado preocupados, si no no entiendo tanta afluencia ni tantas respuestas.

Por algo será.

Ahh y usted mientras tanto siga viendo toros mientras envejece caminando hacia esa vieja guardia. Yo, por fortuna, tengo un camino diferente. No perteneceré nunca a esa vieja guardia a la que yo hago referencia.

Anónimo dijo...

Frente el radicalismo, ofuscación e hipocresía, la moderación, franqueza, inteligencia y lucidez en un artículo que suscribo y que esgrimo con el propósito de centrar el debate y la convicción de desenmascarar a los lobos con piel de cordero. (La negrita es mía).

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA
La última corrida (http://www.elpais.com/articulo/opinion/ultima/corrida/elpepiopi/20040502elpepiopi_6/Tes)

Aunque las corridas de toros han tenido siempre detractores -entre ellos mi admirado Azorín- hasta ahora nunca estuvieron en peligro de desaparecer. Eso ha cambiado en nuestra época debido a la creciente sensibilidad que la cultura occidental, signada por el ecologismo, ha desarrollado frente a temas como la preservación de la naturaleza y la necesidad de combatir la crueldad de que son víctimas los animales, el anverso y reverso de una misma medalla. La decisión del Ayuntamiento de Barcelona de declarar a la ciudad condal anti-taurina podría ser el principio del fin de la fiesta. Recordemos que desde hace algún tiempo dormita en el Parlamento Europeo un proyecto de prohibición de las corridas en la Unión Europea que, luego de la iniciativa catalana, podría ser activado y, si es puesto al voto, seguramente será aprobado.
¿Por qué, en el reciente debate suscitado por este asunto, quienes defendemos las corridas hemos estado tan reticentes y tan parcos y prácticamente dejado el campo libre a los valedores de la abolición? Por una razón muy simple: porque nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros, un espectáculo que alcanza a veces momentos de una indescriptible belleza e intensidad y que tiene tras él una robusta tradición que se refleja en todas las manifestaciones de la cultura hispánica, está impregnado de violencia y de crueldad. Eso crea en nosotros, los aficionados, un malestar y una conciencia desgarrada entre el placer y la ética, en su versión contemporánea.

Ahora bien, reconocido el hecho capital e insoslayable de que la fiesta de los toros somete al astado a unos minutos de tormento que preceden a su muerte y que para ciertas personas esto resulta inadmisible, todo debate sobre este tema está en la obligación, para ser coherente, de desplegarse dentro del contexto más general de si toda violencia ejercida sobre los animales debe ser evitada por inmoral, o si sólo la taurina es condenable y otras, más disimuladas, pero incluso mucho más multitudinarias y feroces, deben ser toleradas como un mal menor. De todo lo que he leído al respecto, sólo J. M. Coetzee me parece haber llegado hasta las últimas consecuencias, a través de su álter ego, Elizabeth Costello, para quien los camales donde se benefician vacas, corderos, cerdos, etcétera, son equivalentes a los hornos crematorios en que los nazis incineraron a los judíos. Por lo tanto, ningún ser viviente puede ser sacrificado sin que se cometa un crimen. Me pregunto cuántos de los partidarios de la supresión de las corridas están dispuestos a llevar sus convicciones hasta este extremo y aceptar un mundo en el que los seres humanos vivirían confinados en el vegetarianismo (o peor, en el frutarianismo) radical e intransigente de Elizabeth Costello.

Los enemigos de la tauromaquia se equivocan creyendo que la fiesta de los toros es un puro ejercicio de maldad en el que unas masas irracionales vuelcan un odio atávico contra la bestia. En verdad, detrás de la fiesta hay todo un culto amoroso y delicado en el que el toro es el rey. El ganado de lidia existe porque existen las corridas y no al revés. Si éstas desaparecen, inevitablemente desaparecerán con ellas todas las ganaderías de toros bravos y éstos, en vez de llevar en adelante la bonacible vida vegetativa deglutiendo yerbas en las dehesas y apartando a las moscas con el rabo que les desean los abolicionistas, pasarán a la simple inexistencia. Y me atrevo a suponer que si les dejara la elección entre ser un toro de lidia o no ser, es muy posible que los espléndidos cuadrúpedos, emblemas de la energía vital desde la civilización cretense, elegirían ser lo que son ahora en vez de ser nada.

Si los abolicionistas visitaran una finca de lidia, se quedarían impresionados de ver los infinitos cuidados, el desvelo y el desmedido esfuerzo -para no hablar del coste material- que significa criar a un toro bravo, desde que está en el vientre de su madre hasta que sale a la plaza, y de la libertad y privilegios que goza. Por eso, aunque a algunos les parezca paradójico, sólo en los países taurinos como España, México, Colombia y Portugal se ama a los toros con pasión. Por eso existen estas ganaderías que, con matices que tienen que ver con la tradición y las costumbres locales, constituyen toda una cultura que ha creado y cultiva, con inmensa dedicación y acendrado amor, una variedad de animales sin cuya existencia una muy signifitiva parte de la obra de García Lorca, Hemingway, Goya y Picasso -para citar sólo a cuatro de la larguísima estirpe de artistas de todos los géneros para los que la fiesta ha sido fuente de inspiración de creaciones maestras- quedaría bastante empobrecida.

¿Es más grave, en términos morales, la violencia que puede derivar de razones estéticas y artísticas que la que dimana del placer ventral? Me lo pregunto después de leer el impresionante artículo de Albert Boadella (Abc, 18-4-04), acusando de fariseos a quienes, horrorizados por las crueldades taurinas, piden que se cierren las plazas y no tienen empacho, sin embargo, en atragantarse de sabrosas butifarras catalanas. ¿Qué requiere la elaboración, en la actualidad, de esta exquisita delicatessen mediterránea? Que diez millones de cerdos vivan "toda su existencia en apenas dos metros cuadrados, mientras intentan equilibrar constantemente sus patas sobre unas rejas por las que fluyen los excrementos. Su único movimiento posible se reduce a inclinar ligeramente la cabeza para comer pienso, ya que el transporte al matadero se efectúa en idénticas condiciones". No sólo los cerdos son brutalmente torturados para satisfacer el caprichoso paladar de los humanos. Prácticamente no hay animal comestible que, a fin de aumentar el apetito y el goce del comensal, no sea sometido, sin que a nadie parezca importarle mucho, a una barroca diversidad de suplicios y atrocidades, desde el hígado artificialmente hinchado de las aves para producir el sedoso paté hasta las langostas y los camarones que son echados vivos al agua hirviendo porque, al parecer, el espasmo agónico final que experimentan achicharrándose condimenta su carne con un plus especial, y los cangrejos a los que se amputa una pata al nacer para que la otra se deforme y agigante, y ofrezca más alimento al refinado degustador.
¿Y qué decir de la caza y de la pesca, deportes tan extendidos como prestigiosos en los cinco continentes? Es verdad que, en los países anglosajones, en especial aquí, en Inglaterra, hay periódicas campañas contra la caza del zorro, animal que es despanzurrado por millares en cada estación, apenas se levanta la veda, por el puro placer del cazador de matar a balazos un animal cuya carne no se va a comer y con cuya piel no se va a abrigar. Pero también es cierto que si su reproducción no fuera de algún modo contenida dentro de ciertos límites, terminaría provocando verdaderas catástrofes ecológicas.

¿Y en cuanto a la pesca, actividad que hasta ahora, que yo sepa, con la sola excepción de la caza de ballenas, no ha movilizado en su contra a los militantes del Frente de Defensa Animal ni a los pacifistas a ultranza? Recomiendo a los amantes de literatura sádica -y sobre todo a los practicantes del sadismo- el artículo donde Luis María Ansón ("La pesca recreativa y las corridas de toros", publicado por la Fundación Wellington, abril 2004) describe los pormenores de la pesca del lucio, en un río que caracolea entre las montañas suizas. Aunque es silente, y no corre la sangre, la operación es de un tal refinamiento en el ejercicio de la crueldad que pone los pelos de punta, sobre todo al final de la larga agonía, cuando el pez, con el paladar ya destrozado por el anzuelo de triple punta, va muriendo asfixiado, con los ojos saltados y atónitos, entre coletazos que se apagan en cámara lenta.

¿Mal de muchos, consuelo de tontos? No estoy tratando de demostrar nada con estos ejemplos, que se podrían alargar hasta el infinito, sino diciendo que si se trata de poner un punto final a la violencia que los seres humanos infligen al mundo animal para alimentarse, vestirse, divertirse y gozar, ideal perfectamente legítimo y sin duda sano y generoso aunque de tremebundas consecuencias, habrá que hacerlo de manera definitiva e integral, sin excepciones y, a la vez, sacrificando al mismo tiempo los toros y los zoológicos, y, por supuesto, los placeres gastronómicos, especialmente los carnívoros, y las pieles y todas las prendas de vestir y utensilios u objetos de cuero, piel y pelambreras, y hasta las campañas de erradicación de ciertas especies de insectos y alimañas (¿que culpa pueden tener el anófeles hembra de trasmitir el paludismo, la rata la peste bubónica y el murciélago la rabia? ¿Se extermina acaso a los humanos portadores del sida, de la sífilis o del contagioso catarro?) de modo que el mundo alcance esa utópica perfección en la que hombres y animales gozarán de los mismos derechos y privilegios. Aunque, claro está, no de los mismos deberes, porque nadie hará entender a un tigre hambriento o a una serpiente malhumorada que está prohibido, por la moral y por las leyes, manducarse a un bípedo o fulminarlo de un picotazo.

Mientras no se materialice esa utopía seguiré defendiendo las corridas de toros, por lo bellas y emocionantes que pueden ser, sin, por supuesto, tratar de arrastrar a ellas a nadie que las rechace porque le aburren o porque la violencia y la sangre que en ellas corren le repugna. A mi me repugnan también, pues soy una persona más bien pacífica. Y creo que le ocurre a la inmensa mayoría de los aficionados. Lo que nos conmueve y embelesa en una buena corrida es, justamente, que la fascinante combinación de gracia, sabiduría, arrojo e inspiración de un torero, y la bravura, nobleza y elegancia de un toro bravo, consiguen, en una buena faena, en esa misteriosa complicidad que los encadena, eclipsar todo el dolor y el riesgo invertidos en ella, creando unas imágenes que participan al mismo tiempo de la intensidad de la música y el movimiento de la danza, la plasticidad pictórica del arte y la profundidad efímera de un espectáculo teatral, algo que tiene de rito e improvisación, y que se carga, en un momento dado, de religiosidad, de mito y de un simbolismo que representa la condición humana, ese misterio de que está hecha esa vida nuestra que existe sólo gracias a su contrapartida que es la muerte. Las corridas de toros nos recuerdan, dentro del hechizo en que nos sumen las buenas tardes, lo precaria que es la existencia y cómo, gracias a esa frágil y perecedera naturaleza que es la suya, puede ser incomparablemente maravillosa.

© Mario Vargas Llosa, 2004. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, SL, 2004.

Anónimo dijo...

Preguntas para calibrar agallas:

Sr. Bailador Montes, ¿querría aclararme a que se refiere exactamente con lo de «vieja guardia»? Y usted, ¿algo en contra de los no catalanistas?

Alberto Bailador Montes dijo...

Ni radical, ni ofuscado ni hipócrita, don Alfredo. Y aquí zanjo este tema, porque sinceramente ya me aburre. Sigo pensando que assesinar a un toro de esa forma es un auténtico asco. Me da lástima y pena que sea así, pero es lo que hay. Creo que es una afición que va a menos. Ese mundo no tiene la misma afición en los chicos de 20 años, que en los de 40, que en los de 60. Es decir, conozco mucha gente aficionada mayor, del pelo de mis abuelos por ejemplo. Conozco a bastante gente, pero menos, aficionada a los toros como mis padres, y a casi todos mis amigos es un tema que le resbala totalmente. Pasan. Hay algunos, como yo, que estamos en contra. Y también conozco a bastantes de mi generación que no tragan con semejante espectáculo. Y los que vienen, muchos de los que conozco, están más en esa línea de reivindicar lo que creen es injusto.

Que cada uno piense lo que quiera, yo tengo las ideas muy claras en este tema. Y cuanto más me informo y más leo, más claro lo tengo.

Anónimo dijo...

CADA DÍA SOMOS MÁS LOS QUE ESTAMOS EN CONTRA DEL MALTRATO ANIMAL Y ESO ES UNA REALIDAD.